La Lluvia y el Trueno

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La Lluvia y el Trueno

Los niños aún se encontraban inquietos cubiertos con sus mantas para dormir, la inquietud de algunos no les permitiría conciliar el sueño. El lugar donde descansarían esta próximo al fogón para evitar el frío no les dejase descansar.

A mi lado estaba ella, la siempre precoz Nakuykari, ayudando a las dos nodrizas a acomodar a los niños más pequeños, que eran casi la mitad de la veintena de niños que nos acompañaba en nuestro inusual viaje. La mayoría de sus padres se habían quedado atrás, cumpliendo con el deber de defender los pueblos. Debíamos reencontrarnos más adelante, pero los caminos imperiales no eran seguros por ahora, erá mejor continuar alejados de ellos, lo que hacía el viaje más lento, sobre todo para piernas cansadas como las mías.

Mientras tanto, el eco de los tambores de guerra a lo lejos aún resonaba, pero era otro sonido el que dominaba el ambiente, los truenos en lo alto del cielo y el resplandor de los relámpagos comenzaron a hacer aún más incomoda la fría noche. Sabía que hubo alguna oportunidad de que todos los niños conciliaran el sueño, esta se acabó en el momento que el cielo comenzó a rugir. Por suerte la gran roca que nos cobijaba estaba a contra viento, la lluvia no sería un problema de que preocuparse.

– ¡Richamapak lanza gases desde su trasero a nuestros enemigos! Esos son los truenos. – Dijo Asunwankari, que junto a Kasunka, se habían escabullido de las nodrizas y se acomodaban con sus mantas a mi lado.

– ¿Eso es cierto, Mama Ti? Mi pa’ dice que Richamapak es un dios guerrero y que con sus rayos mata a sus enemigos. – Preguntó Kasunka.

– Richamapak es el dios del rayo y el trueno, y es sin duda un dios temible, y estoy segura de que no le haría gracia oirte, Asunwankari. – Mire con seriedad al pequeño, que a su vez pareció perder el buen semblante generado su comentario de mal gusto. – Pero aun así, no es un dios que solo destruye enemigos, también nos da la lluvia, y con ella nos da vida.  – Les dije mientras me cubrí las piernas con mi manta.

– Y si no son gases, Mama Ti. ¿Como hace el rayo? – Pregunto con la cabeza baja Asunwankari.

Yo estaba agradecida por tener un poco más de tiempo para contarles alguna historia más.

En un antiguo valle al noroeste de las tierras del imperio, había un peñasco gigante en el que reposaba el primer Wankari (Primera Serpiente); era un animal horroroso, de color blanco, con cabeza de llama, cuerpo de batracio y cola de serpiente, que tenía junto a la cabeza dos pequeñas alas. Desde allí dominaba con crueldad el valle, tanto las bestias como los hombres debían temerle.

Pero pasado un tiempo, tuvo que compartir el valle y el peñón con otro Wankari, que fue enviado por el Tikauka (El Primero), para que le acompañara. Este Wankari tenía otro color más oscuro, casi negro.

Y a pesar de que la intención del dios creador era la de apaciguar a la gran serpiente otorgándole un compañero igual, los dos monstruos se dedicaron solo a luchar continuamente, ni todo el valle era suficiente para que los dos estuviesen en paz, y ninguno de los dos se iría. Estos combates originaban, con sus feroces acometidas, sismos y destrucción en los territorios.

Esto, atrajo la atención del dios Richamapak (El trueno), que entre todos los dioses, sobresale por su gran envergadura y su porte de guerrero, portando su brillante e impresionante armadura. Furioso, Richamapak llenó una jarra de agua de las estrellas, y la rompió sobre el valle desencadenando una gran tormenta para acabar con las enormes bestias, el sonido de la gran jarra rompiéndose también produjo el trueno y durante días Richamapak atacó a las bestias, que viéndose amenazadas, unieron fuerzas por primera vez contra el dios; pero el poder del dios resultaba insuficiente.

Fue entonces cuando Richamapak, con ayuda del brillo de sus ropas y lo pulido de sus piedras desprendió el rayo y para poder reproducir el relámpago cargó de la energía su garrote y lo apuntó contra las bestias. Los rayos mataron a los dos Wankaris, que se deshicieron en una lluvia torrencial, que inundó el valle, transformándolo en el gran lago Paktinka, y en el centro de este aún sobresale el peñasco, donde los hombres que sobrevivieron a la catástrofe prosperaron, y como prueba de los acontecimientos, construyeron el antiguo templo Wariwika. Desde entonces las serpientes Wankari solo habitan en lo profundo del Poqauri, sin salir a la superficie.

Lugar al que cada año los elegidos visitan para rendir culto, porque desde entonces, el dios Richamapak, es el responsable de originar la lluvia, los truenos, el granizo y los relámpagos, y siempre lleva consigo su garrote y piedras, con una honda que simbolizaba a su trueno.

– ¿Y podemos ir al lago, Mama Ti? – Preguntó Kasunka.

– Está lejos de nuestro destino, pequeño, pero siempre podrás ir cuando seas mayor y tus responsabilidades te lo permitan. – Les respondí. – Siempre hay que ser responsables con su familia, con su comunidad y con los dioses. Richamapak es un dios que no ve con buenos ojos a los hombres que no tienen ningún respeto.- Asunwankari sabía que me refería a él.

En todo el imperio cuando hay épocas de sequía deben generarse rituales; uno es realizar sacrificios humanos y continuar con muchas celebraciones y bailes para entretener a Richamapak y convencerlo de que haga llover para que se vaya la sequía que tanto daña las cosechas. Otro de los rituales consistía en que se ataba a los perros de color negro y no se les daba de comer ni beber durante varios días con el fin de que el dios Richamapak escuchara los lamentos, alaridos y quejidos de los perros, y así él se conmovería y les enviaría agua para poder prevenir su muerte.

Cuando hay tormentas se tiene que tener un cuidado especial ya que a los rayos no les gusta ser desafiados, pueden matar a alguien que camina solo o en algunos casos particulares si la persona se lo merece el rayo le puede golpearle una segunda vez generando otra oportunidad de vivir. Estas personas contienen los secretos tanto de la vida como de la muerte y eras considerados parte de los sacerdotes Nipakuys.

– !Wah, Richamapak es el más fuerte de los dioses! – Exclamó Asunwankari, quizás en un intento de agradar al dios del que se había burlado hace un momento.

– ¡Claro que no! Cha es el dios sol, el más fuerte de todos. ¿Verdad que si, Mama Ti? – Preguntó Kasunka. Pero no respondí, tuve que poner atención al otro lado del campamento.

Allí, parecía que nuestro guía, Paquri  (Ojo caliente), recibía noticias inquietantes. Era su deber llevarnos a todos a la próxima ciudad, y aunque a sus días de feroz guerrero ya habían pasado, su deber y determinación seguían firmes. Además tener a su hija entre nuestros niños lo motivaba aún más.

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