Un regalo divino

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Un regalo divino

Acompañados por el grupo de guardianes del imperio, ahora viajábamos a través de las eficientes y cómodas vías de piedra que recorren todo el imperio. Yo no podía más que agradecer el ajuste en la ruta. Mis viejas piernas no hubiesen soportado seguir a este paso por las difíciles colinas. Andando por senderos más amables ahora, el malestar era bastante más de lo que podía anticipar. Y los demás lo notaban, tal vez por eso parábamos a descansar durante más tiempo cada que lo hacíamos. Sobre todo la joven Nakuykari me observaba con preocupación cada tanto tiempo.

En esta parada particular, mientras descansaba mis adoloridos pies, pude ver como los soldados permitieron a los niños acercarse e incluso alimentar a los animales del hato de llamas que les acompañaba. Para los niños era un gusto poder distraerse con estos animales. Sobre todo el imprudente Asunwankary, que parecía tener una conexión especial con las bestias, y estando con estas se hacía un niño mucho más dulce.

– Mama Ti, dinos. ¿Podemos tener llamas para nosotros allá a donde vamos?- Preguntó el aún emocionado Asunwankary, haciéndome pensar de pronto en algo que no fueran mis dolores. – ¡Pero quiero una como aquella, Mama Ti! – Gritó mientras señalaba a la única llama real del hato, una criatura magnífica que podía sobrepasar fácilmente los seis codos de altura y duplicaba el peso de las demás bestias, a la vez que se distinguía por ser más fuerte y robusta.

Algunos niños nunca habían visto una antes, porque a diferencia de las llamas comunes que se encuentran en muchos pueblos, las llamas reales están a la orden solo de los nobles y de los guardianes del imperio de más alto rango.

– Si tienes la suerte de ser el siervo de un noble o algún Guardián Imperial importante, tal vez te permitan limpiar la paja donde duerman sus llamas reales, niño. – Le dije sin suavizar mis palabras, mientras él me miró con cierto desaire. – Aun así, podríamos darnos por afortunados si nos ofrecen la noble tarea de cuidar de tan magnífico animal, pequeños. Ese es un animal de leyendas. – Le dije. Y pude ver como su animo se elevó, junto al de los demás pequeños.

– ¿De leyenda? Cuéntanos, Mama Ti. – Dijo el curioso Kasunka, mientras todos los demás niños me rodeaban esperando la respuesta, en un ritual que ya me resultaba muy familiar.

Yo seguí sobando con fuerza mis adoloridas piernas mientras me dispuse a contarles.

Hoy las llamas reales son la orgullosa y leal montura que los más grandes soberanos y guardianes del imperio tienen el honor de poseer, pero no siempre fue así.

Cha, el gran dios, había condenado al mundo a una inundación para castigar a los gigantes y otras criaturas que le ofendían. Entonces pasó por un valle y escuchó los gritos y el llanto de un hombre y su esposa.

Al preguntarle por qué lloraban, el hombre le respondió desconsolado que había visto las fortalezas que las demás criaturas tienen y a nosotros nos hiciste desnudos y débiles, incapaces de sobrevivir los grandes penurias que los dioses disponían para el mundo.

Entonces Cha se compadeció de sus hijos predilectos, y les dijo que no lloraran más, que les iba a compensar dándoles un regalo. Y tomando con la mano a su hija Mama Churi, la tierra, dijo:

«Hija mía, que eres madre de la tierra,
de ti haré una nueva criatura.
Será el regalo a mi pueblo.
Y no le confundirán con criatura alguna
porque tendrá la mirada del cóndor,
la fuerza del puma
y del venado la gracia.
Su cuerpo será firme como la roca
y su pelo sera suave como las nubes del cielo.
Será incansable como el viento de los valles
y tan leal como su dueño
sea leal a los dioses.»

Así la tierra obedeció y de su seno brotó sólida carne y surgió una nueva criatura. Entonces Cha tomó a la nueva criatura diciendo:

«Eres para honrar a los dioses y humillar a los enemigos.
Para que sirvas a aquellos que estén bajo la protección del sol.
Serás llama y la firmeza inundará el pelo de tu carne.
Serás de mis preferidos porque te he hecho amigo.
Sentaré al hombre sobre ti y ambos me honraran.»

Así el hombre y la mujer recolectaron comida para varios días, suficiente para ellos y la llama. Entonces esta les tomó a ellos y a la comida sobre su lomo. Y juntos todos subieron a la cima más alta. Cuando llegaron a la cima, vieron que había animales de todas las especies. Desde allí pudieron ver como el agua se elevó destruyendo a muchas criaturas pero no al hombre y su llama.

Así el hombre se hizo con la llama y desde entonces ha sido la más valiosa de las bestias de la tierra que le acompañan.

– Y si las llamas fueron un regalo de Cha ¿por qué no tenemos todos nosotros una llama real? – Pregunto con insistencia Asunwankary, mientras yo me percataba de que el malestar en las piernas no hacía más que empeorar.

– Al principio, solo había llamas reales, y solo los nobles podían tenerlas, el pueblo no podía poseer a estos animales.- Les dije. – Pero un cuento relata como un día eso cambió.

Se cuenta que el hijo de un gran rey del pasado, se enamoró de una de sus hermanas menores, la que además estaba destinada a ser una Ranka Niti, o virgen de las estrellas. Ella también correspondía su amor.

Un día el rey, su padre, se enteró de aquella relación, y enfurecido prohibió la unión, por lo que los jóvenes enamorados huyeron a los lejanos campos. Al enterarse de tal desobediencia, el rey los condenó a muerte.

Entonces la reina madre, afligida por el destino de sus hijos pidió ayuda a la diosa tierra, Mama Churi, quién en respuesta a sus súplicas convirtió a la joven pareja en un nuevo tipo de llamas, que sin la bendición del dios Cha, resultaron más pequeñas y menos majestuosas.

Esto resulto ideal, porque estas llamas serían poseídas solo por el pueblo llano y común, lejos de todo interés que el rey y los nobles pudiesen tener sobre ellas. Así la pareja quedaría libre de la mortal condena y podría seguir junta por siempre.

– Así como existe la nobleza entre los hombres, los dioses quisieron que halla nobleza entre sus bestias. – Le respondí.- Como también tenemos animales que solo atienden los campesinos como el pequeño cuy, y otras que solo la nobleza puede tocar como el gran cóndor.- Dije mientras trataba ahora de aliviar el dolor frotando mis manos contra las piernas suavemente.

– Mama Ti, si las llamas reales solo pueden pertenecer a los nobles ¿por qué los soldados tienen una llama real con ellos? – Preguntó Kasunka, absorto en sus dudas y ajeno a mi molestia.

De pronto sentí como un dolor punzante subía de mis piernas a mi espalda. Lo disimule tanto como para que niños no se alarmaran, pero aun así lo notaron. No pude responder esa última pregunta, pero tampoco hacía falta. Pude ver como la atenta siempre Nakuykari llegaba a mi lado junto al miembro del grupo de soldados al que seguro le pertenecía tan especial animal. Ambos me rodearon y entonces cerré mis ojos.

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